SABADO 9 de DICIEMBRE

 

 

Palabras de esperanza

 

“Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas enseñando en las sinagogas de los judíos y proclamando la buena noticia del Reino de Dios y curando toda clase de enfermedades y dolencias. … Vayan y proclamen que ya llega el Reino de Dios. Curen enfermos, resuciten muertos, sanen leprosos, expulsen demonios. Gratis lo recibieron, denlo también gratis”. (Mt 9,35-10,1.6-8)

 

“También hoy Jesús vive y camina en nuestras realidades de la vida ordinaria para acercarse a todos, comenzando por los últimos, y curarnos de nuestros males y enfermedades. Me dirijo ahora a aquellos que están bien dispuestos a ponerse a la escucha de la voz de Cristo que resuena en la Iglesia, para comprender cuál es la propia vocación. Os invito a escuchar y seguir a Jesús, a dejaros transformar interiormente por sus palabras que «son espíritu y vida» (Jn 6,63). (Papa Francisco)

 

“Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas enseñando

en las sinagogas de los judíos…”

El Evangelio no se anuncia esperando a que vengan.

El Evangelio se anuncia “yendo…”

El Evangelio no es solo para las ciudades,

es también para las aldeas,

ni es solo para las aldeas sino también para las ciudades.

Jesús anuncia el Evangelio del Reino “yendo”,

 “saliendo al encuentro de los hombres”,

donde quiera que estén.

Los hombres de la ciudad no son distintos a los de las pequeñas aldeas.

Y el Evangelio es para todos.

 

No se dice que Jesús iba “imponiendo el Evangelio”

sino que lo iba ofreciendo.

La respuesta siempre será personal.

No se ofrece a grupos especiales, se ofrece a todos.

Y se ofrece con valentía y seguridad:

“Jesús se metía en las mismas sinagogas”

donde sabía que encontraría rechazos.

 

“y curando toda clase de enfermedades y dolencias”.

El Evangelio se anuncia acompañado del compromiso.

El Evangelio se anuncia con la palabra, pero también con el gesto.

A la palabra hay que acompañarla con el testimonio.

El mejor testimonio que avala nuestra palabra,

es siempre el compromiso con los demás.

La fuerza estará en el Evangelio, pero su credibilidad

dependerá del testimonio.

 

“Vayan y proclamen que ya llega el Reino de Dios”.

Pero esta no es solo misión de Jesús.

Anunciar el Evangelio es misión de todos.

“Vayan y proclamen”.

Es estilo es el de Jesús, “ir y no esperar”.

E ir a todas partes, “a las ciudades y aldeas”.

A pueblo grandes y a aldeas pequeñas,

allí donde hay un hombre o una mujer.

 

Verdad que nos cuesta lo de anunciar

y enseñar y hablar del Evangelio?

Tenemos una conciencia de que son los otros los que tiene que hacerlo.

Y tenemos demasiados prejuicios para hablar del Evangelio

en nuestras reuniones.

Tenemos demasiado miedo al rechaza, a la sonrisita.

Como que no es un lugar adecuado.

¿A caso es un lugar adecuado para hablar solo de política o de fútbol?

¿A caso los que comparten nuestras reuniones y encuentros

no necesitan el anuncio del Evangelio?

No vamos a imponerlo, pero sí a anunciarlo.

 

“Curen enfermos, resuciten muertos,

sanen leprosos, expulsen demonios”.

Jesús no nos envía a “anunciar un Evangelio desnudo”.

Nos envía a anunciarlo, “pero sin olvidarnos

de sanar enfermos, echar demonios”.

Es posible que nuestro problema esté ahí.

No es que “nosotros seamos doctores en medicina”,

pero llevamos esa fuerza de la fe capaz de sanar a los demás.

 

Siento que en la Iglesia hayamos perdido esa fe en nosotros mismos

de que podemos “sanar enfermedades”.

No lo podemos hacer por nosotros mismos,

pero sí por la fuerza recibida de Jesús:

“les dio poder para expulsar espíritus malignos

y curar toda clase de enfermedades”.

 

Los milagros se los hemos dejado a los Santos,

y nos olvidamos que es Jesús quien los hace,

y los quiere hacer a través de nosotros.

Pero “no lo creemos” y nuestra fe así “no nos da para tanto”.

Y con que insistencia lo dice Jesús:

“curen enfermos, resuciten muertos, sanen leprosos,

expulsen demonios. Gratis lo recibieron, denlo gratis”.

 

¡Qué pena hayamos perdido esta fe dentro de la Iglesia!

¡Qué pena hayamos perdido esta fe nosotros mismos!

¡Y que siempre tengamos que pedírselo a los santos,

cuando lo podemos hacer nosotros!

 

Clemente cp.