DOMINGO 3 DE DICIEMBRE


Palabras de esperanza

 

“Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Juan bautiza en el desierto: predicaba que se convirtieron y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados… Y proclamaba: “Detrás de mí viene el que es más que yo, y yo no soy digno de agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo”. (Mc 1,1-8)

 

“Nos dicen que la primera y principal educación se da mediante el testimonio. El Evangelio nos habla de Juan el Bautista. Juan fue un gran educador de sus discípulos, porque los condujo al encuentro con Jesús, del cual dio testimonio. No se exaltó a sí mismo, no quiso tener a sus discípulos vinculados a sí mismo. Y sin embargo Juan era un gran profeta, y su fama era muy grande. Cuando llegó Jesús, retrocedió y lo señaló: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo... Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo» (Mc 1, 7-8). El verdadero educador no vincula a las personas a sí, no es posesivo. Quiere que su hijo, o su discípulo, aprenda a conocer la verdad, y entable con ella una relación personal. El educador cumple su deber a fondo, mantiene una presencia atenta y fiel; pero su objetivo es que el educando escuche la voz de la verdad que habla a su corazón y la siga en un camino personal”. (Benedicto XVI)

 

En este segundo domingo del adviento aparece la figura de Juan.

Una figura que saca poco ruido, pero que anuncia mucho.

Una figura que habla poco y atrae mucho.

Una figura que atrae mucho, pero no se queda con nada.

 

Y Juan no parece en Jerusalén,

donde hay muchos maestros que enseñan.

Aparece en el desierto, como un solitario,

pero cuya vida invita y llama.

Y cuya enseñanza despierta expectativas.

“Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados”.

 

 

Juan no es el maestro que repite y explica el pasado,

sino el profeta que anuncia lo nuevo.

Es el profeta que habla del cambio, “de la conversión”.

Es el profeta que no se anuncia a sí mismo,

sino que anuncia y apunta a otro.

El que prepara el camino a otro que será más que él.

 

Por eso es el profeta del Adviento.

Que nos prepara para recibir al que ya está en camino.

Que nos prepara para recibir al que nos trae la novedad de Dios.

Que nos prepara para recibir al que nos trae el verdadero cambio.

 

Y nos prepara, anunciándonos primero.

 el cambio en nosotros mismos.

Tenemos que cambiar nosotros

si queremos aceptar el cambio que se nos anuncia

y comienza con la Navidad.

 

Y para ello es preciso “allanar los senderos de nuestro corazón”.

Porque la novedad de la Navidad solo es posible

en corazones sencillos, abiertos, disponibles.

El pecado es siempre resistencia a Dios.

El pecado es siempre una barrera que le ponemos a Dios.

Es preciso “que se conviertan y se bauticen,

para que se les perdonen los pecados”.

Por eso el adviento no solo es un tiempo de espera,

es también un tiemplo de conversión.

Un tiempo de cambio de nuestro corazón.

 

Y la gente tiene el olfato del Espíritu.

Habiendo tantos maestros en Jerusalén,

acuden al maestro solitario del desierto.

Descubren que allí hay algo nuevo y distinto.

Descubren que allí “no se enseñan doctrinas”,

sino que se “anuncian personas”, “se anuncia vida”.

La gente está cansada de doctrinas, espera y necesita vida,

necesita libertad, necesita aires nuevos

que oxigenen sus corazones.

 

Es la figura misma de Juan la que habla por él.

No es el hombre que busca rodearse de gente,

sino que la encamina a otro que es más que él.

Sabe reconocer su lugar: ser no el camino,

sino el que “prepara el camino”.

Él no es un fin, sino un medio, un instrumento.

“Detrás de mí viene el que es más que yo,

y yo no soy digno de agacharme para desatarle las sandalias”.

Es la grandeza del que sabe reconocer la grandeza de los otros.

Yo no soy el “más más”.

El “más más” es el que viene, el que anuncio; es el otro.

 

Es la grandeza del que sabe reconocer que lo que hacen otros

es más importante que lo que yo hago.

Lo mío es importante, pero lo del otro, es más.

“Yo os he bautizado con agua,

pero él os bautizará con Espíritu Santo”.

 

¿Y no es también esto la Navidad?

Jesús no deja de ser Dios, pero nace al servicio de todos nosotros.

Descubrir que vale la pena “servir al otro”.

Que vale la pena “poner la vida al servicio del otro”.

La Navidad es Dios que pone por delante al hombre.

Es la valoración del hombre.

Es valorar a cada hombre.

 

Un nuevo camino hacia la Navidad.

¡Cambiar para aceptar el cambio!

 

Clemente cp.